Bilbao inicia a finales de los noventa un proceso de regeneración
urbana
en la que lo cultural juega un importante papel en la estrategia de
capitalización simbólica de la ciudad y se convierte en un ejemplo
paradigmático de la aplicación de los principios de la economía creativa
y la ciudad marca. Todo el dinero y esfuerzo se vuelcan hacia la ría -que se convierte en la cara de la ciudad-, ignorando a los barrios de arriba, dejándoles fuera del transporte y los servicios -no son importantes para la marca de la ciudad-.
El “efecto Guggenheim” llega a una de las
zonas más deterioradas del centro de la ciudad, el barrio de Bilbao La
Vieja o barrio San Francisco.
El proceso de gentrificación de la zona es claro: originalmente barrio
de rentas bajas e inmigración, con un cierto abandono por parte del
poder público. Las nuevas políticas de la ciudad convierten al barrio en
un caramelo para el mercado inmobiliario, y la especulación se estimula
desde el Ayuntamiento a través de actividades culturales. .
Las clases más vulnerables económicamente ven peligrar su
permanencia en el barrio, ante la inminente subida de precios de los
alquileres, como consecuencia del aumento de la demanda de la clase
creativa por residir en el barrio, ahora estetizado bajo etiquetas como bohemio y multicultural.
Paralelamente se pone en marcha una campaña de comunicación sobre la
inseguridad del barrio con la implantación de cámaras de videovigilancia
por la zona. Los vecinos de San Francisco, Bilbao La Vieja y Zabala respondieron con un contundente rechazo a esta implantación aportando unos argumentos que destapan a la perfección la estrategia y recogen soluciones propias de ese urbanismo con perspectiva más humana:
"las cámaras refuerzan una imagen de barrio conflictivo y problemático y fomentan aún más su estigmatización y guettización", que "en vez de potenciar la relación y la cercanía se fomentan las sospechas y la desconfianza entre las personas".
Son plenamente conscientes de los problemas de grave exclusión social que se dan en el barrio, pero también reconocen el papel fundamental que en ellos juega el histórico abandono que esta zona sufre por parte de las instituciones y que aseguran, "generan, entre otros, conflictos de convivencia y delincuencia que
requieren respuestas educativas y comunitarias de carácter integrador y
no cámaras con efectos disuasorios y represivos".
Se preguntan si no sería más provechoso canalizar los recursos económicos que se van a utilizar para la instalación y mantenimiento de las cámaras hacia programas formativos, de empleo, de desarrollo comunitario e incluso para posibilitar comer dos veces al día y dormir bajo techo a muchas de nuestras vecinas.
Dejan muy clara su desconfianza con esta medida ya que la consideran simplemente "una estrategia más para contentar a la opinión pública en general y a un
sector de vecinos en particular mediante una nueva campaña de imagen
del Ayuntamiento".
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